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NOTA INFORMATIVA:

CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE LA MUERTE DE JOSELITO EL GALLO, HE PUBLICADO UN LIBRO EN EL QUE SE RECOGEN TODAS SUS ACTUACIONES EN LA PLAZA VIEJA DE MADRID, VISTAS POR LA PRENSA.

PODÉIS ENCONTRAR MÁS INFORMACIÓN DEL MISMO, ASÍ COMO ADQUIRIRLO, EN EL SIGUIENTE LINK : https://joselitoenmadrid.com/


Este Blog nace como un homenaje a todos aquellos que, a lo largo de la Historia del Toreo, arriesgaron y en muchos casos entregaron sus vidas, tratando de dominar a la Fiera.

lunes, 5 de diciembre de 2022

TOREO Y FLAMENCO

                                                            






                                                               TOREO Y FLAMENCO

 

“He de insistir, sin ánimo de molestar a nadie, sobre el hecho de que sea precisamente lo nuestro aquello que se nos aparece como más misterioso e incomprensible”

                                                                 Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena

 

“Muchas veces la verdadera elegancia española está en el pueblo, y en él tenemos que buscarla los artistas”.

                                                                                                                      Luis Cernuda

 

“El cante, el baile, las corridas de toros españolas, son artes mágicas del vuelo, sin huella y trazo que señalen su ruta para repetirse…, dándonos la fórmula barroca de lo español más vivo y verdadero con su mejor y más depurada elegancia”

                                                                                                                              José Bergamín

 

“Lorca no tiene que esforzarse conscientemente en ser popular, ya que el arte popular de Andalucía es el más sofisticado y vital de Europa”

                                                                                                                    Julian Pitt-Rivers




Toreo y Flamenco. ¡Ahí es nada! Para mí, sin lugar a dudas, las dos manifestaciones artísticas, genuinamente españolas, aunque con valor universal, más importantes, y que han constituido materias de reflexión estética y de creación poética de numerosos artistas, tanto españoles como no españoles.

Tanto la una como la otra participan de un feroz individualismo, y hacen gala así de una de las características más notables del humanismo español. Sin embargo, se trata de manifestaciones de creación colectiva, de fenómenos inversos al despotismo ilustrado del siglo XVIII, que implicaba una imposición cultural de arriba abajo, y no una atracción de abajo arriba, como ocurre en este caso.

Y en ambas es patente su origen popular. (En el caso del toreo, está claro que me estoy refiriendo al toreo a pie). “Aquí todo lo importante lo ha hecho el pueblo” diría Ortega y Gasset en su libro “La España invertebrada”, y del pueblo proceden ambas.

Siempre he creído ver en su origen una visceral reacción del pueblo español, una reivindicación de lo propio, frente al afrancesamiento generalizado de las élites ilustradas, a lo largo del siglo XVIII, tras la llegada de los Borbones a España. De hecho, tanto flamenco como toreo se consolidan en el siglo XVIII.

No olvidemos que flamenco y toreo han sufrido, a lo largo del tiempo, el desprecio, cuando no la hostilidad, de amplios sectores de la sociedad española, incluyendo parte de los intelectuales, que nunca entendieron, quizá porque en el fondo nada había que entender, la grandeza de estas dos expresiones artísticas.

En efecto. No hay nada que entender en una verónica de Gitanillo de Triana o en una siguiriya de Manuel Torre. Hay, simplemente, que tener el atrevimiento y el tipo de sensibilidad necesaria para dejarse estremecer con los “sonidos negros” de ese lance o de ese cante.

Esta expresión, acuñada por Federico García Lorca, corresponde en realidad al mítico cantaor Manuel Torre, quien un día, escuchando el Nocturno del Generalife de Manuel de Falla, le dijo al poeta granadino: “Todo lo que tiene sonidos negros tiene duende”. Diremos de paso que Lorca se refería a este cantaor jerezano como el hombre de mayor cultura en la sangre que había conocido.

En este acontecimiento, por cierto, se pone de manifiesto uno de los rasgos más característicos y diferenciadores de la cultura española, que no es otro que la gran fascinación que lo popular ha ejercido sobre lo culto, a lo largo de los siglos.

Hay que decir que se torea y se canta bien incorporando dos sentires de compleja asimilación conjunta: la serenidad y el trance. El sentimiento hunde sus más profundas raíces entre el cálculo y el espanto, entre la precisión y el pasmo, justo en la mínima distancia que media entre el control mental y el arrebato.

Para poder elevar una simple técnica a la categoría de un arte vivo, deben aunarse en perfecto e infrecuente maridaje ambas cualidades: la técnica y el sentir. No olvidemos, que según el profesor Mario Perniola, la cultura española del siglo XX atribuye al sentir un papel fundamental en la experiencia humana.

¿Dónde hunde sus raíces este matiz peculiar de la sensibilidad española señalado por Perniola? Siguiendo al pensador italiano, podemos afirmar que encuentran su origen en la antigua escuela filosófica del estoicismo romano, que tiene en Séneca su expresión más radical.

José Bergamín, en palabras de Francisco López Izquierdo, supo entender con enorme agudeza la coexistencia de esos dos aspectos contrapuestos de la sensibilidad en las remotas raíces de la cultura española.

“La referencia a los desplantes… el ahí queda eso me parece el paradigma del alma-hecha-gesto de los españoles”, escribe Sánchez Ferlosio. Y quizá sean los toros y el flamenco, dos disciplinas íntimamente emparentadas en lo relativo a la gestualidad y al lenguaje corporal, los dos últimos reductos donde esos gestos, perdidos y en gran medida añorados, procedentes de nuestras oscuras raíces culturales, encuentran sus ámbitos de expresión.

Quizá el toreo y el flamenco, como artes anacrónicos que son, no sean más que eso: un repertorio de gestos perdidos en el tiempo. 

José Bergamín, en La música callada del toreo, escribe: “El ahí queda eso del toreo, como del baile y cante flamencos, gitanos o no, cuando alcanza por los ojos para los oídos, y viceversa, a quedarse quietos, extasiados, inmortalizados en su efímera aparición imperecedera… Ahí quedó eso. ¿Pues en dónde quedó sino en nuestro recuerdo vivo, que es personal e intransferible? Todo lo demás fue ruido”

Y remacha este autor en el mismo libro:

Las artes hice mágicas volando, nos dejó dicho con ese maravilloso verso Lope de Vega. Las artes mágicas del vuelo: el cante, el baile, las corridas de toros españolas… son artes mágicas del vuelo, sin huella o trazo literal que señalen su ruta para repetirse: artes puramente analfabetas… Por eso se dieron y se dan en España… Éxtasis del vuelo son estas mágicas virtudes del cante y baile; inquietud y sosiego juntos; que en el arte birlibirloque de torear se nos expresan o exprimen tan apuradamente, dándonos la fórmula barroca de lo español más vivo y verdadero con su mejor y más depurada elegancia”

En gran medida, la excelencia del toreo y del flamenco proviene de la desmesurada, y en cierto modo misteriosa, capacidad que poseen ambas de provocar en el espectador sacudidas de emoción que, en las contadas ocasiones en las que aparece el duende, lo transportan hacia insondables territorios donde lo racional se difumina, desbordado por sentimientos que superan y anulan toda lógica.

 La experiencia de esa emoción estética no siempre se vive en soledad, sino en compañía, pues esa emoción es, en muchos casos, simultánea a la del propio artista que la desencadena. Y si el destino nos es propicio, y el duende tiene a bien hacer su aparición, las palabras enmudecen y, al margen de nuestra voluntad, como por encanto, nos hallaremos inmersos en uno de esos inefables momentos en los que los flamencos se rasgan la camisa y a los toreros les asalta un llanto incontenible, sobrepasados ambos por una maraña de sensaciones absolutamente incontrolables. “A cada pase que daba se me saltaban las lágrimas”, decía el genial Rafael el Gallo, recordando una de sus faenas.  

 No en vano, como Terremoto y Cataclismo se refieren a Juan Belmonte los cronistas de su época, y Terremoto de Jerez es el sobrenombre artístico de Fernando Fernández Monge, uno de los más grandes cantaores de la Historia del Flamenco.

El toreo, es visto por Antonio Pradel, como “un arte efímero del tiempo justo”. Esta definición podemos hacerla extensiva al flamenco. Se canta y se torea justo a tiempo, justo a compás, ni antes ni después: antes siempre será demasiado pronto, y después siempre será demasiado tarde. Justo en ese leve resquicio se juegan toreo y flamenco lo fundamental.

Así pues, matador y cantaor, para ser considerados como artistas, han de ser maestros consumados en la medida del tiempo. Ambos deben estar en posesión de un íntimo conocimiento del tiempo, muchas veces intuitivo y, por tanto, de difícil asimilación; de lo contrario nunca llegarán a ser auténticas figuras en lo suyo.

Otro rasgo común al flamenco y al toreo es la enorme importancia que en ambas se le otorga al recuerdo. Ese recuerdo que lucha denodadamente por recuperar y prolongar las efímeras sensaciones vividas, la magia del visto y no visto, por el que Bergamín denominó al toreo arte de birlibirloque. “Lo que se recuerda, vive”, comenta la protagonista de la película Nomadland.

“Lo que nos queda es lo que no nos queda”, nos dijo Calderón en un angustioso soneto barroco.

“Lo fugitivo permanece y dura”, escribe en uno de sus versos Francisco de Quevedo.

En no pocas ocasiones, en la extenuante búsqueda de la inspiración, y en un intento desesperado de alguien en quien apoyarse, se torea y se canta acordándose de… Y es que estamos ante artes que se definen por la memoria y el tiempo y que cobran todo su sentido desde el momento en que los leemos a la luz de un pasado que siempre está vigente.

Y hablando de recuerdos, me viene a la memoria la tarde en la que Alejandro Talavante, gran aficionado al flamenco, acompañó su faena de muleta con el tarareo de algunos cantes. No pude evitar, al verlo totalmente abandonado ante la cara del toro, poner en su garganta unas inolvidables soleares de la cantaora Mercedes Fernández Vargas, conocida artísticamente como La Serneta: “Tengo el gusto tan colmao / cuando me encuentro a tu vera / que si me dieran la muerte / creo que no la sintiera”.

La muerte, siempre la muerte, acudiendo puntual a la cita, tanto en el flamenco como en los toros, como corresponde a dos modos de expresión que comparten, en su permanente meditatio mortis, un sentimiento trágico de la vida. Sentimiento, por otra parte, profundamente arraigado en el barroco español,

                                                         Manuel Hernández

                                                  Valencia, 12 de Octubre de 2021







viernes, 14 de octubre de 2022

RAFAEL EL GALLO VISTO POR GERARDO DIEGO

 

RAFAEL EL GALLO VISTO POR GERARDO DIEGO

 

Artista desigual: Joselito y Belmonte, ya emparejados, con su superior moral ante el toro y su voluntad de triunfo constante ante los públicos, dejaron en aparente segundo término al torero artista y desigualísimo, capaz de los mayores descalabros y de las más imprevistas resurrecciones

 

Con el don de la inventiva: Sobre todo, Rafael fue artista, y su don supremo, la fantasía, la inventiva. En esto no ha reconocido par. Pues si esto es así y su decir iguala al de las más puros clásicos del toreo, ¿qué importa, al cabo de una vida, la cuenta de sus fracasos y que otros hayan mandado en el toreo más que él. En la suma total queda su timbre, el sonido, el son que solo él supo batir sobre el mármol de la verdad que es el ruedo del toreo

 

Sabio, largo y puro: Yo no sé de torero más sabio, ni más largo, ni de estilo más puro, ni de aroma más intenso en su toreo

 

Elegante y majestuoso: Su majestad al iniciar las faenas  con el toreo por alto era la misma elegancia. Ni la menor concesión al peligroso narcisismo o al barroquismo de tensión curva o arabesco. Ni, por supuesto, el rígido envaramiento de otros maestros, por lo demás insignes

 

Gitano y clásico: La gitanería se le conocía, sobre todo, en el tercio de banderillas… Gitanería de un gran artista clásico […] En Rafael se fundían las más puras esencias andaluzas y gitanas, y esto es lo que daba tan inconfundible personalidad a su arte […] Mitad y mitad clásico sevillano, nacido por azar en Madrid, y gitano elástico y “fauve”. Mejor dicho, no mitad y mitad, que eso se comprendería bien, sino totalmente lo uno y u otro fundidos en un solo cuerpo y en una sola inspiración de gracia

 

De largas cordobesas: Le recordamos dando –dos veces se la vimos- la larga cordobesa, que en él guardaba todo el clásico decoro romano, pero con una punta de salero que no atentaba a la suprema dignidad del lance

 

De verónicas bailadas: Y en sus verónicas, incorrectas casi siempre (según el concepto actual), por bailarlas, qué gracia incomparable para mover los brazos sólo emulada después por Chicuelo, si bien este último con un codilleo y remanguilleo en el que nunca incurría Rafael

 

De pares al quiebro y al trapecio… : Su par al quiebro era de una nobleza y de una pureza magistral; su ir al toro en zigzag, con las manos al trapecio

 

Con sus increíbles preparaciones: Sus preparaciones, jugando en un saladísimo “ballet”, que no han igualado los más grandes “bailaores” y “bailaoras”, era un espectáculo increíble […] Pasmaba entonces la alianza sencillísima del dominio del maestro, del valor del que así jugaba al filo de los terrenos y de los vórtices, y de la intuición genial para acordarse con el toro en el ritmo perfecto de arrancadas y pausas

 

Alma de niño, hombre de bien: Rafael Gómez, “Gallito”; Rafael, “El Gallo”, alma de niño, hombre de bien: Que Dios te premie el bien y la sal que tan generosamente derramaste sobre la tierra.

RAFAEL EL GALLO VISTO POR ANTONIO DÍAZ CAÑABATE

 

     RAFAEL EL GALLO VISTO POR ANTONIO DÍAZ CAÑABATE

 

Un torero: Muchas veces, oyendo hablar a Rafael Gómez Ortega, me he preguntado: Si este hombre no llega a nacer en un ambiente taurino ¿qué hubiera sido de su vida? Y terminé respondiéndome: torero. Rafael el Gallo fue torero no por la fuerza de la sangre, sino porque lo era de nacimiento […] Rafael el Gallo es el toreo puro. Nunca ha sabido de manera cierta más que una cosa: torear […] Rafael lo ignoraba todo, menos lo suyo, menos torear… Le decían: “Tal y tal día tienes toros”. Y se montaba en el tren, y toreaba, y no se ocupaba de más […] Tan torero era huyendo como quedándose quieto en aquel su majestuoso pase ayudado por alto que se denominó del “celeste imperio” […] Rafael El Gallo no ha necesitado en su larga vida documento de identidad alguno. Podrán desconocerle, pero allí donde se presentaba y se presenta, todo el mundo, ¡hasta los ingleses!, dicen: “Ese es un torero” […] De su brazo va siempre colgando un capote invisible. Se diría que en la sevillanísima calle Sierpes espera la aparición de un toro […] Era la estampa de la antigua torería paseándose por las calles de Sevilla […] Y allá en las tientas, el septuagenario, en cuanto distingue una vaquilla clara lo despliega y la torea, porque nació torero […] Y por eso, a veces, no quería matar un toro, no por nada, sino porque hubiera uno más […] ¿El final de su vida torera cuándo fue? Hace pocas horas, cuando murió… Rafael El Gallo ha sido torero hasta el último momento


Imaginativo: Quizá y sin quizá Rafael El Gallo ha sido el torero de más fantasía, de más imaginación que he conocido.


Fantasioso: Se ha muerto un mundo. El mundo de Rafael El Gallo, el mundo de la fantasía, el de la torería. ¡Échele usted timbre al linaje torero de Rafael!... Gitanos y payos andan confundidos en esta genealogía […] Las fantásticas desigualdades se acentúan en Rafael. Y así seguirá hasta el final de su vida torera […] Torea, cuando su fantasía le inspira. Se deja el novillo vivo, cuando su fantasía se cubre con negruras. Así le ocurrió en Sevilla en 1901. Va a la cárcel. ¿Quién es capaz de aprisionar la fantasía? 

 

Soñador: Con su aire ausente, con su mirada siempre en la lejanía de sus sueños. ¡Gran soñador Rafael El Gallo! ¡Gran soñador que hizo soñar! Como un sueño se nos aparece en la añoranza aquella su célebre faena del 2 de mayo de 1912. Aquella otra, del día de San Isidro del mismo año.


Inspirado: Faenas de una inspiración milagrosa […] Torea, cuando su fantasía le inspira […] Rafael El Gallo ha sido el torero más inspirado que he conocido. Su inspiración se apoyaba en dos misterios: el ángel de la gracia andaluza y el duende de la raza gitana [...] Ha muerto el último torero tocado por la gracia de la inspiración


Dominador del oficio de torear: Rafael El Gallo, en sus momentos difíciles, poseía un completo dominio de la técnica del oficio de torear

 

¡Qué alegría la suya…!:¡Qué alegría la suya delante del toro con el que se confiaba, qué juego el de su muñeca, qué quiebro el de su cintura, qué garbo el de sus pases, pases como versos de seguiriyas gitanas, y qué valor sereno, que estocada aquélla, la del 15 de mayo, a volapié, precedida de un pinchazo en la suerte de recibir!

 

Artista: Revoloteaba el ángel, rebullía el duende sin apartarse de las reglas del arte, y esta conjunción tan difícil de reunir daba por resultado la maravilla de la obra maestra, sólo capaz de producirla un gran artista cuando Dios quiere, y la Divina Providencia es parca en otorgarla [...] Su arte fue incomparable. Insisto. Lo mismo en sus ruidosos fracasos que en sus clamorosos triunfos


De sensibilidad acusada: La sensibilidad de Rafael El Gallo era muy acusada. En sus tardes malas, mucho más copiosas que las buenas, su desfallecimiento de la voluntad, sus huidas, su famosas espantás, eran auténticas, sentidas y expresadas sin disimulo, geniales, esto es, personales y constituían tan apasionantes espectáculo como el de una faena inspirada, como el de una obra maestra. Esto eran lo que se llamaban mítines de Rafael El Gallo, una obra maestra del decaimiento del ánimo. 


De una personalidad genial: ¿Era el mismo torero en los desastres y en los triunfos? No. No era el mismo torero, pero sí el mismo hombre, el mismo artista dotado de una personalidad genial, única, inconfundible e inimitable, que desarrollaba lo mismo en la derrota que en la victoria [...] Rafael El Gallo divertía tanto cuando estaba mal como cuando estaba bien, porque tanto en las tardes malas como en las buenas hacía cosas geniales, personales, diferentes, inesperadas.


Sentado en una silla: Rafael se sentaba muy campante lejos del toro, lo citaba con el revuelo del ángel, con el rebullir del duende, y lo esperaba sin moverse, sentado, bien sentado en la técnica, en el conocimiento del oficio y del toro... El ángel de la gracia jugaba la muleta, el duende armonizaba la figura del torero... Pases clásicos de Rafael El Gallo, en los que vibró sin manchas la luz celestial de la inspiración, el chispazo de la fantasía, la magia de la imaginación creadora.

 

Puro: Pero su arte, con ser tanto, es lo de menos. Lo benemérito, lo acreedor al reconocimiento de la afición, es su pureza, su desinterés por lo material, su entrega a la profesión, su desdén por la falsa y efímera vanagloria

 

Misterioso: “Los toros tienen, como las mujeres, su misterio”, solía repetir. Él también tenía su misterio. Nadie lo ha sabido. Quizá ni él

 

Sabio: Rafael El Gallo hablaba mucho solo. Hablaba con su fantasía y cuando se le interrumpía no cortaba su monólogo: seguía fantaseando, salvo cuando se trataba de toros. Entonces Rafael El Gallo era la sensatez misma, era como un oráculo, era la misma sabiduría […] El juicio de Rafael sobre toros y toreros es siempre de una ecuanimidad, de una justeza y de una clarividencia totales. Jamás se deja impresionar

 

 Bondadoso: La bondad de Rafael es tan pura como acendrada su vocación torera. Su corrección de maneras corre pareja con su cortesía al hablar. Pocos serán los que le hayan oído ensañarse con alguien o con algo.

jueves, 13 de octubre de 2022

RAFAEL EL GALLO VISTO POR JUAN PONS Y NEGREVERNIS

 

     RAFAEL EL GALLO VISTO POR JUAN PONS Y NEGREVERNIS

 

Un hombre excepcional: «Un hombre excepcional, lleno de complejos y de heterogéneas reacciones psicológicas»

 

Genial:  «¡Genial, genial en todo el hermano mayor de Joselito! […]  «Si sus éxitos grandes fueron por faenas realmente geniales que llegó a realizar ante los toros, fracasos y estrepitosos “mítines” alcanzaban en sentido contrario la genialidad más pintoresca»

 

De lo genial a lo chapucero:  «De la chapucería más ramplona pasaba, como tocado por un resorte mágico, a la genialidad más luminosa»

 

Inspirado:  «Artista de ática inspiración»

 

Ocurrente:  «Iluminado artífice de la ocurrencia»

 

Al margen del resto:  «La policromía de su arte no tiene paridad en los anales de la tauromaquia. Conjugaba los colores del arco iris con una inspiración tan personal, que colocaba su figura torera al margen de todas las demás»

 

Sin rivalizar con nadie:  «No había nacido Rafael para rivalizar con nadie, ni nunca quiso ser “torero de pareja”. La pasión de los públicos por “Gallito” y Belmonte ni siquiera le llegaba a rozar»

 

Jugar al toro con el arco iris:  «Él tenía su partido propio, su masa ingente de afición taurina que, ansiosa de color y de luz, como Goethe en su lecho de muerte, iba a las plazas donde toreaba con la esperanza de ver a Rafael jugar al toro con el arco iris»

 

Distinto:  «Era un aparte en todo. Triunfaba de manera distinta a como suelen triunfar los toreros, y fracasaba de un modo diferente de como los toreros suele fracasar.

 

Horror al término medio: No tenía términos medios: ni “pitos”, ni “palmas”, ni “aplausos tibios”, ni la  consabida “división de opiniones”. Y aún menos el silencio que acompaña al torero hasta el estribo después de muerto el toro».

 

De la apoteosis a la bronca:  «Las opiniones respecto a Rafael coincidían en todo: o la apoteosis final con la Plaza entera puesta en pie borracha de color y fantasía, o la bronca mayúscula con el ruedo lleno de almohadillas, cabestros en la arena y los tricornios de la Guardia Civil asomando por la puerta de caballos señalando su protección al diestro en el momento de abandonar el coso»

 

Gran lidiador, con la mano izquierda:  «Además –y esto hay que subrayarlo para su constancia en la historia-, lidiador formidable toreando de muleta con la izquierda. Porque la mano izquierda de Rafael el Gallo no limitaba su función torera a la ejecución del pase natural, sino que la empleaba con igual largueza en otros muchos pases que suelen darse con la mano derecha porque así con más cómodos y fáciles… El Gallo, con una habilidad sobresaliente, de gran maestro, como en efecto era, macheteaba a los toros con la izquierda, y con la izquierda daba el molinete y los pases llamados de tirón para cambiar de tercio al enemigo»

 

Torero clásico:  «Torero clásico con máximos honores… Su condición de torero admirable en lo que a la técnica respecta y en el toreo con la mano izquierda no es francamente justipreciado como en realidad debe considerarse».

 

Su extenso repertorio artístico: «Irradiaciones casi celestiales que despedía su repertorio artístico, inagotable en sugerencias áureas» 

 

Y su extenso repertorio de pintoresquismos:  «Su no menos extenso “repertorio” de supercherías y pintoresquismos, que iba desde la celebérrima “espantá” hasta el sablazo de Código Penal a la media vuelta propinado»

RAFAEL EL GALLO VISTO POR JOSÉ MARÍA DEL REY CABALLERO (SELIPE)

 

  RAFAEL EL GALLO VISTO POR JOSÉ MARÍA DEL REY       CABALLERO (SELIPE)

 

Honda personalidad:  «Una personalidad de perfil único en el arte del toreo» […] «Rafael el Gallo es un mito, que, afortunadamente, respira: una honda personalidad que deja impronta unánime»

 

Inimitable:  «Tan genuinamente único era en su toreo Rafael el Gallo, que anduvo sólo y revistió de inverosimilitud su imitación»

 

Gracia señera: «Cuando andaban en los ruedos D. Luis Mazzantini, “el Algabeño”, Antonio Fuentes, Montes, “Machaquito” y Vicente Pastor, entre otros lidiadores que se enfrentaban a toros de respeto y poderío, entre la dureza de un toreo predominantemente seco y recio, floreció la gracia señera de Rafael» […] «Su pinturera presencia y el garbo físico de un cuerpo que a los tres cuartos de siglo de acción y de latido conserva un salero inimitable».

 

Ocurrente: «Sus resplandores triunfales y sus desiguales ocurrencias en la arena» […]  «Y alzado a las alturas o caído al callejón, contra el miedo se encumbraba risueño, y cuando, momentáneamente, lo pasaba, reía también, ya al amparo de las tablas, y parecía prometer que la próxima vez… saltaría mejor».

 

 Incatalogable: «Que rechazó catalogaciones y excedió las estrecheces de las escuelas».

 

Impredecible: «Sus suertes no se comprendían en lo definible, ni sus actuaciones dentro de lo regular: era imposible encasillar en netas cuadrículas el garbo relampagueante ni sujetar a predicciones los inequívocos alardes de valor ni los celebrados eclipses del mismo».

 

Imprevisible: «Todo era imprevisible, y lo único cierto es que aquel cuerpo juncal de lidiador encerraba las más puras esencias toreras, que una buena tarde se expandían para colmar de fragancias el circo y encender en delirios a sus seguidores, que eran los más apasionados que tuvo diestro alguno».

 

Inexplicable: «En cerca de cuarenta años de vida taurina, Rafael, sucesiva o simultáneamente, deslumbró y encrespó a los públicos, y ello porque él constituía siempre una incógnita y representaba a lo inexplicable».

 

Lo inesperado: «Era, en suma, lo inesperado: el espectador que al contemplar un toro boyante se inclinaba a esperar por parte del diestro “cañí” la ejecución de una faena inolvidable, podía equivocarse como, incluso, podía caer en error aquel que daba por descontado que ante el marrajo emplearía el socorrida trámite de su pintoresca “espantá”, porque ni aun esto resultaba seguro, pues Rafael, contra todos los lógicos pronósticos, que podían serle aplicables, movía su muleta con talismán valedero para ahormar al toro bronco y sentía desconfianza ante el astado más noble, “por mor” acas»o de una mirada de la que él deducía conclusiones estrictamente personales»

 

Un poder misterioso«A Rafael, tan ausente y cordial a un tiempo, podríamos decirle que un señor apellidado Goethe, de penetrante cacumen, se detuvo ante un “poder misterioso que todos sienten y ningún filósofo explica»

 

Su duende: «El, sin saberlo, aunque sintiéndolo, estaba asistido de su “duende” y cortejado por su “ángel” […]  «Rafael poseía su “aquél”, el “aquél” que perdió la “ele” para arrojar hasta el mínimo lastre que significase rémora al vuelo arrebatado del artista»

 

Nunca igual: «El mismo Rafael no sabría por qué el pase de la muerte, con el que tantas veces abría sus faenas más inspiradas, a pesar de ser siempre el mismo, nunca fue igual»

 

Del cuarteo a la derechura a la hora de matar: «Cuando todos aguardaban el descarado cuarteo a la hora de matar, lanzaba, en un ademán rápido, la montera con la que se tocaba hasta montar el estoque, y se iba tras la hoja de acera en una derechura inopinada»


 Una carrera al margen:  «Al lado de la gran pareja de astros de primera magnitud, de Joselito y Belmonte, Rafael vivió su carrera diversa entre los polos de clamores hiperbólicos y de desastres ruidosos. No le estorbó el brillo más radiante porque él supo aureolarse de fulgor esplendoroso, ante el que se rendían joselitistas y belmontistas»

viernes, 7 de octubre de 2022

RAFAEL EL GALLO VISTO POR GREGORIO CORROCHANO

 

EL TOREO DE RAFAEL EL GALLO VISTO POR CORROCHANO


. Tanto su persona como su toreo rezuman simpatía: «La gente dice: “Al Gallo le perdona el público muchas cosas porque es muy simpático”. Pero no es que sea solamente simpática su figura: es que es simpático su toreo, su arte, su manera de lidiar los toros. Es simpático su capote, que cuando lo tira al aire en una revolera parece que torea con el arco iris» […] «Es simpático su traje negro que al abrirse en un momento de toreo destaca el golpe de luz del chaleco de oro que lleva como contraste»  […]  «El toreo de Rafael está hecho de simpatía» […] «Hizo lo que nadie hizo esta temporada: torear; torear con estilo, con arte, con agrado, con simpatía. Repito lo de la simpatía porque hay quien hace antipático el toreo» […] «Es simpática su propia debilidad, su agotamiento físico, que pone un sello de finura y distinción en lo que hace»


. Un torero clásico: «Rafael era un torero clásico, con el arte jugoso de la escuela sevillana. Tan clásico era que macheteaba con la izquierda, suerte poco lucida, pero necesaria, como hacían los clásicos. Así ganaba tiempo preparando la hora de matar» [...] «En el toreo de Rafael -grandioso, desigual y chapucero, genial y espantado- se incrusta un arte garboso de líneas y reglas clásicas» [...] «El toreo del Gallo es tan clásico que no emplea la mano izquierda solamente en el pase natural y en el de pecho, pases fundementales: el molinete, el toreo de adorno, lo da con la izquierda, y el macheteo también lo hace con la izquierda».


. Un torero desconcertante, capaz de lo mejor y de lo peor: «Torero desigual, incongruente, casi absurdo, capaz de dejarse un toro vivo y en el siguiente cortar la oreja» […] «Esos momentos desconcertantes en que se suceden caprichosamente lo sublime y lo grotesco» […] «Sufrió una de esas transformaciones tan suyas, con toda la brusquedad de sus antagonismos… En el primer toro fue el artista afiligranado, el poeta de la torería. En el otro el lidiador vulgar que, por torpeza y cobardía, pasa por el bochorno de que le echen el toro al corral»


. Un torero lleno de gitanería: «Con esa gitanería que tantas simpatías le granjeó» […] «Se aplaudió al torero más gitano y al más gitano de los toreros»


. Un torero al que siempre se le espera: «Ayer fuimos a Vista Alegre a ver al Gallo… Fuimos a verle y no le vimos… No ahora en sus postrimerías, en sus días de plenitud fue el Gallo un torero ocasional. Había que seguirle una y otra tarde, hasta dar con el momento esperado que tanto se hizo desear» […] «Acerca del Gallo no cabe discusión, es un torero que de tal manera ha sabido hacerse esperar, que todavía se le espera» […] «El Gallo, aunque no sea más que por ausencia lleva detrás la curiosidad» […] «El público le tolera los días aciagos en espera de los inmejorables» […] «Cuando defrauda, la gente se encoge de hombros y sigue esperando, pero no discute»


. Un torero de leyenda, al que hay que conservar: «Al Gallo hay que conservarlo, porque es de lo poco típico que nos queda. No pretende que se le declare monumento nacional; pero una cosa parecida. El Gallo no debe torear más que corridas patrióticas o en aquellas ocasiones que la presencia de un extranjero ilustre nos obligue a sacar lo más característico. Un programa sería: Visita a Toledo y El Escorial y ver torear al Gallo, que no torea desde que vino tal o cual personaje y lo hace ahora en atención a tan ilustre huésped» […] El arte del Gallo, la silueta del Gallo, el miedo del Gallo, todo es tan original, tan suyo, tan nuestro, que es de lo poquito que nos queda» […] «El día que lo perdamos, no hemos perdido un torero…, perderíamos un pedazo de la leyenda popular. Por esto me preocupa que se pierda una tarde entre el bullicio de una plaza de toros» […] «Yo insisto en que se debe procurar la conservación de tan original torero. Cuando no pueda con el toro, se le debe permitir torear becerros, como si volviera a la niñez. Cuando ya los becerros le den también sustos, se le dejará jugar al toro con los chicos. El Gallo tiene derecho a todo, a todo menos a dejar de ser torero… Hay que conservarle, como se conserva la Alhambra, y… esperar. Esperar a que vengan a estudiar nuestras costumbres, y entonces sacarle y decir: He aquí un torero. Pero no malgastarle por los pueblos donde un día se perderá entre la multitud irritada, y no se volverá a saber más de él»


. ¡Ahí va el Gallo!: «Por las calles de Sevilla circulan varios toreros, porque en Sevilla nacen muchos toreros, pero no sé si por costumbre de verlos o por su atuendo aburguesado, nadie fija en ellos su curiosidad; si el que pasa es Rafael el Gallo, se oye decir: ¡Ahí va el Gallo!. A éste siempre se le ve, como a la Giralda. El Gallo sigue siendo torero, como Guerrita fue torero hasta que se murió… » […] «Torea porque es torero, y, como es torero, no puede hacer otra cosa en su vida que torear».


. Un torero ensimismado, ajeno a las reacciones de los públicos: «Al Gallo, ni le animan los aplausos los aplausos ajenos ni le sirven de enmienda las silbas propias; todo le da igual, o por lo menos, lo parece; es el torero de la indiferencia»


. Un torero lleno de gracia y salsa torera: «Fue una faena llena de gracia» […] «Su toreo es todo belleza, gracia» […] «Y esto es Rafael, la salsa del toreo» […] «Esa pajolera gracia, tan cacareada, que le ha tapado tan malas faenas» […] «¿Qué tiene el capote de Rafael cuando lo agita sobre su cabeza? Tiene una gracia, una personalidad que se va con él» […] «Las preparaciones fueron juguetonas, alegres, musicales. Salsa, mucha salsa, que es el secreto de muchas cosas»


. El Gallo necesitaba su toro: «El Gallo necesitaba su toro, como lo necesita en el toreo cada hijo de vecino; pero sabía cuando salía su toro, cosa que no suelen saber todos los que necesitan su toro»


. Conocía perfectamente a los toros: «Este gran estilista tenía un conocimiento perfecto del toro, y a él acoplaba su toreo. Estilista y conocimiento del toro son dos cosas que no suelen andar juntas… En el Gallo se juntaron la técnica y el arte»


. Los toros tienen que dejar colocarse al torero: «Rafael tenía una frase que aclaraba toda su actuación en el toreo: “Para torear bien hace falta que los toros dejen entrar al torero”. Con esto quería decir que le dejen colocarse, porque si el toro se arranca sin estar el toreo colocado para torear, el toreo no es bueno».


. Un torero que puede y no quiere, enervando a los públicos: «Y el público grita y se desespera y se siente defraudado, porque sabe que está ante el torero más afiligranado y colorista, que lleva en los vuelos de su capote todas las alegrías de la escuela sevillana, que puede y no quiere, y que, aparentando ignorar lo que sabe, lleva en sus faenas la provocación y el insulto» […] «No habrá torero más grande que parezca más pequeño. Es el torero de más estilo que hace las cosas más abominables» […] «Es el que tiene peor sonido, siendo del mejor metal»


. Su toreo, en momentos de inspiración, es inefable: «Hizo una de esas faenas imposibles de seguir y menos de reseñar» […] «Rafael hizo una faena que no sabemos cómo calificar»


. Un toreo elegante: «Pero hagamos notar que en medio de toda esa mezcla de cosas que al Gallo se le ocurre hacer, lo poco que torea es un toreo natural, fácil, sencillo, elegante, sin afectación»


. ¿El último representante del toreo a punta de capote?: «El toreo a punta de capote se va con él» […] «Hizo algunos quites a punta de capote, que fueron una maravilla. No hay quien extienda el capote como él ni quien tenga ese juego de muñeca para manejarlo sin el menor esfuerzo» […] «Rafael había hecho un quite a punta de capote, para nuestro gusto, lo mejor de cuanto hizo» […] «Se hincó de rodillas, tomó el capote por una punta con la mano derecha, lo manejó en un zig-zag luminoso y se echó el toro a la espalda en una larga cambiada» […]«Fíjate, a ver si me acuerdoY tomando el capote por una punta dio una rebolera, y animado por aquel recuerdo, repitió la suerte, que remató de rodillas» […] «Aquellos quites a punta de capote que hoy nadie intenta en el toreo» […] «Aquella revolera del primer toro, ¿se hizo nunca?» [...] «Nadie más que él hace quites a punta de capote. Sus largas no tienen la sobriedad cordobesa de Lagartijo, pero tienen la gracia sevillana del farol y el zigzag de la serpentina» [...] «Para torear con una mano hay que ser muy torero, no solamente por la dificultad en el manejo del capote, sino porque se está más descubierto» [...] «Lo primero que hacía en la plaza cuando "cambiaba la seda por el percal" era abrir con una mano el capote en abanico. Esto no era un capricho, ni una superstición como algunos creen... Esto era una prueba necesaria; para torear a una mano tiene que abrirse el capote en abanico para mandar al toro».


.  Lo que inventa el Gallo para no torear: «Rafael el Gallo hizo ayer una de sus faenas más características. Taurinamente no tiene clasificación bien definida».


. Su toreo es infantil: «Al toreo le llaman la atención dos banderillas de lujo que adornan al toro, y ya todo su interés lo pone en apoderarse de ellas… ¡Son tan bonitas aquellas banderillas!» […] «Luego tira la puntilla como los chicos tiran la navaja a los dátiles (todo su toreo es infantil)»


. ¿Artista más que torero?: «Ejecuta el toreo por el arte, poniendo tal cantidad de arte y tan poca de toreo, que hay momentos muchos, en que el toreo no existe y el arte lo suple» […] «El artista que nació pintor y poeta, y que, obligado a ser torero por su cuna, aplica al torero su temperamento… y hace una de esas faenas en la que cada pase es un verso» […] «Artista vino y artista se va. Y cuando se corte la coleta, y ya viejo, salga a tomar el sol en la Alameda de Hércules, será artista hasta para tomar el sol»


. Un torero que torea muy cerca: «Fue el primero que, al muletear, acortó distancias» […] «El Gallo ha sido un torero que toreaba muy cerca» […] «Rafael el Gallo habrá perdido tipo y energías juveniles; es una sombra de lo que fue; pero no ha perdido la distancia al torear. Sigue tan cerca de los toros como antes» [...] «Y lo cerca que torea, tan cerca, que aparta con la mano, a la hora de matar, las banderillas que caen sobre el testuz, que hasta entonces habíamos visto apartarlas con el estoque»


. Y que necesita colocarse: «Decía, en su jerga admirable, que necesitaba que los toros "le dejasen entrar". Con esto quería decir que los toros le dejasen llegar al terreno en que él tenía que colocarse para poder torear»


. Aquel pase natural…: «El pase natural de este torero es verdaderamente natural; no tiene afectación, ni retorcimiento, ni codilleo» [...]  «Aquel pase natural, tercero de una serie que ha quedado en la plaza de Madrid para ejemplo y modelo, ¿lo dio nadie más completo, más suave, más lento, tan bien iniciado y rematado?» […] «Un pase natural, otro sin que apenas pasara el toro, y cuando al iniciar el tercero todos creíamos que no pasaba de la faja, se pone el torero al temple del toro, y lento, suave, despacio, gira con él, y remata ese pase maravilloso que arrancó a la plaza un grito de entusiasmo»


. Un torero que muestra su miedo, sin el menor disimulo: «Por el Gallo sabrán todos el miedo que se derrocha en la fiesta del valor, pues el Gallo ha prescindido del disimulo, que es la capa de valiente que usan… los que la usan, que tampoco son todos» […] «Salimos de la plaza comentando la corrida con un reputado médico de Madrid. Alguien dijo: “Lo que ha hecho el Gallo no tiene nombre” Y el médico replicó: “Sí, señor; tiene un nombre; se llama miedo insuperable»


 Sus espantás: «¿Qué eran las espantás del Gallo? ¿Por qué el Gallo, de repente, salía corriendo y se tiraba de cabeza al callejón y, en seguida, volvía al ruedo y seguía toreando con tranquilidad? ¿Cómo se compadecen estas dos actitudes tan opuestas? Rafael lo explicó más de una vez: cuando perdía la cara de los toros, no sabía lo que hacía el toro, se encontraba indefenso, un miedo insuperable de adueñaba de él, y entonces recurría a la espantá... A renglón seguido de la espantá, una vez salvado el riesgo, volvía a la cara del toro y seguía la faena» [...]  «Rafael no pudo comprender nunca que se perdiera voluntariamente la cara de los toros, no como adorno, ni como jactancia, ni como desprecio a un toro, que es hacer un desprecio llapiseresco al toreo»


. Un torero con gran fuerza evocadora: «Nosotros sentimos hacia Rafael esa afición de curiosidad que sentimos hacia las ruinas… y cuando torea Rafael damos a su corrida preferencia a las demás. Todo ello es tan evocador» […] «Y este matiz de evocación que ningún torero tiene es lo que nos atrae en Rafael, si no hubiera un motivo sentimental» […] «Por el Gallo podrán los viajeros reconstruir el toreo cuando vengan a visitar nuestras ruinas. Por el Gallo sabrán cómo se vestían los toreros… Por el Gallo, en un esfuerzo de evocación, podrán ver lo que era la Fiesta» […] «A través del Gallo se adivina, se ve algunas veces otra época del toreo» […] «Si desde la Giralda se ve toda Sevilla, desde el Gallo se ve toda una época del toreo» […] «Yo sé que Rafael es un torero en ruinas, y le voy a ver con la curiosidad que visito Numancia o Itálica; por la fuerza evocadora que tiene» [...] «Si desde la Giralda se ve toda Sevilla, desde el Gallo se ve toda una época del toreo. Los habrá habido mejores, pero ninguno tan representativo»  [...] «Ha muerto el Gallo... ha muerto una época del toreo; lo que queda después de muerto él es otra cosa, que no es el momento de analizar o definir, pero es otra cosa [...] Se fué, pero se llevo la llave; la llave que cerraba el toreo de su época la tenía él» .


. Ronda y Sevilla:  «La visualidad del toreo del Gallo estaba hecha con retazos del arte rondeño, empalmados por un toreo sevillano. Así, cuando en un  adorno suyo, característico, personalísimo, se cambia de mano la muleta por la espalda, en la misma cara del toro, intercala en el adorno el toreo al natural (el toreo al natural es rondeño; la inspiración de cambiarse la muleta, sevillana). Rafael, con su personalidad, con su escuela sevillana, hace jugoso el seco toreo rondeño».


. Un torero excepcional, con una gran personalidad: «El público se pregunta ¿Por qué le tolero a este hombre lo que a nadie toleré? Pues porque el genio lleva per ser el régimen de la excepción» […] «Rafael acabado, deshecho, con el miedo acentuado y su arte borroso, tendrá público porque tiene personalidad. En arte no hay nada peor que la vulgaridad, lo vulgar es peor que lo malo» […] «Sin duda ésta es la causa de que Rafael tenga todavía mucho público, y público selecto que busca una llamarada de luz, una mancha de color, un zig-zag del capote como un rayo» […] «Este echador de cartas de la torería»


. Un toreo absurdo, con un punto de demencia: «Rafael el Gallo, verdadero mago de lo absurdo» […] «Todos sabemos que es un torero desigual, incongruente, casi absurdo»  […] «Rafael el Gallo es un caso de demencia taurina» […] «El Gallo acabó desastrosamente… No comprendo estos sucesos sino como obra de un anormal» […] «Los que sabemos lo que fue saboreamos en un capotazo aquellas tardes de gloria del absurdo lidiador»

 

. El morrillo, a la hora de entrar a matar, no figura entre sus preferencias: «Muleteó por la cara y pinchó en las proximidades de la oreja derecha, que es su punto de mira» […] «En el primero el Gallo tuvo la ocurrencia de pinchar en el morrillo. Y esto ya no puede ser» […] «Al apartar con la mano una banderilla que caía sobre el testuz, le gritó zumbón un huertano, en valenciano: Si le has de dar en el cuello, ¿para qué te estorba? Rafael sonrió y, por complacer a su partidario, pinchó al toro en el cuello”


.Y, sin embargo, a veces mataba bien: «Rafael el Gallo, que su fuerte no era matar y ha matado mal muchos toros y algunos se los dejó vivos, cuando mataba bien ejecutaba la suerte como el mejor»


. Las cosas del Gallo: «Se cambia Rafael la muleta por al espalda, como si quisiera que el toro acertase en qué mano estaba, y cuando más intrigado le tenía, ¡zas!, le arranca el Gallo otra banderilla» […] «Rafael limpió el hocico del toro con el estoque y habló con el público. Esas cosas que hace el Gallo al margen de las faenas» […] «Ovación y petición de oreja. Pero no da la vuelta al ruedo inmediatamente de caer el toro. Rafael espera a que salga el siguiente, y mientras transcurre el tercio de quites él da la vuelta, se para, saluda a uno que ésta entre barreras, echa un párrafo con un guardia, no acaba nunca de dar la vuelta. Mientras tanto, los demás torean…»


. El Gallo como hombre: « Era bondadoso, educado, muy educado, casi ceremonioso, y humilde, cualidad esta que se da rara vez en el torero. Jamás habló mal de nadie; del pecado de la envidia, del mal causado por injuria o calumnia, ni siquiera por ligereza de juicio, se va libre Rafael el Gallo [...] Hablaba de toros con tanta ponderación y con tanta claridad, que yo he aprendido de él muchos conceptos. Se le llamaba maestro -Belmonte mismo le llamaba maestro- y era, efectivamente, un maestro, sin querer, sin proponérselo, no solamente por lo que había hecho en el toreo, sino por lo que decía, por como veía el torero. Maestro tan comprensivo con la dificultad del toreo, que cuando hablaba de algún torero, solamente cogía para hacer mención la parte buena; elogios le oí muchos; disculpas, también; censuras, ninguna»