Vivencias de una pasión compartida
¡Va por ti, Julio!
(Julio Stuyck)
“He de insistir, sin ánimo de molestar a nadie, sobre el hecho de que sea precisamente lo nuestro aquello que se nos aparece como más misterioso e incomprensible”
Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena
“El arte flamenco es ese toro metido en las venas que tiene mi gente”
Rafael Alberti
“Aquí hace tiempo que se basta un hombre solo para cantar una copla o para matar un toro”
José María Pemán
Este escrito tan sólo pretende reseñar algunas de las experiencias – en muchos casos impregnadas de una considerable carga emotiva – que, a lo largo de los años, me han ido aconteciendo al adentrarme tanto en el flamenco como en el toreo. Bien es verdad que son esas vivencias las que, en ciertos casos, me han dado pie para reflexionar sobre algunos aspectos relevantes compartidos por ambos. Vamos a ello.
Cada vez que he asistido a un recital de flamenco o a una corrida de toros, indistintamente, he tenido el presentimiento, siempre gozoso, de que estaba a punto de abandonar la monotonía del día a día, de dejar atrás la grisura de lo cotidiano, y de penetrar, por un tiempo, en el territorio de lo imprevisible, donde lo extraordinario – presto a saltar sobre la desprevenida presa – se hallaba siempre al acecho, agazapado tras la magia de esas viejas ceremonias.
En un tiempo en el que los contornos entre lo ficticio y lo real se han vuelto cada vez más confusos, en el que el mundo virtual puede llegar a suplantar la realidad, de improviso – como si de unas apariciones se tratara – nos salen al encuentro dos figuraciones extrañas, dos criaturas anacrónicas; pues anacrónica resulta, en pleno siglo XXI, la extemporánea imagen de un individuo sentado en una silla – con la única compañía de una guitarra – desnudando su alma a voz en grito, y la no menos extemporánea de tres señores – enfundados en sendos trajes estrafalarios – empeñados en entablar un diálogo imposible con una fiera que los puede matar.
Este anacronismo nos invita a recapacitar sobre el “milagro” que supone el que ambas ceremonias – desafiando los embates de la modernidad – sigan oficiándose hoy en día, concediéndonos la gracia de dar testimonio de los mismos y de hacernos afortunados partícipes de sus insondables misterios. ¿Y si el milagro no fuera tal y todo se redujera a algo mucho más terrenal, más tangible: a una comunidad de fieles que nunca se ha resignado a prescindir de estos singulares rituales, con la esperanza de revivir la epifanía que supone volver a encontrarse con lo auténtico, algo para lo cual flamenco y toreo siempre han reservado un lugar de privilegio?
En efecto, ya desde sus inicios, toreo y flamenco fueron sabedores de que si querían alcanzar la categoría suprema de lo “jondo”, iban a necesitar, de manera imperiosa, abrazar el credo de lo auténtico, de lo verdadero. “Eso es verdad”, es la expresión laudatoria que surge espontánea de las gargantas de los aficionados cabales cuando reconocen lo genuino en un cante o en una faena de muleta. Esa verdad que jamás se va a entregar de manera gratuita, sino que va a tener que ser conquistada tras una encarnizada lucha del cantaor con el cante y del torero con el toro. “El cantaor que le duele el cante se rompe en la pelea consigo mismo; sabe que sin dar el alma, sin que le duela, no hay jondura”, nos confiesa Antonio Fernández Díaz, Fosforito.
Cuando esta lucha decae, cuando el peligro de muerte se aleja, toreo y flamenco podrán, en el mejor de los casos, seguir siendo bellos, seguir estando asistidos por la gracia sutil del “ángel” lorquiano, pero inevitablemente dejarán de ser auténticos, de ser “jondos”, porque junto con la opción de la muerte habrán expulsado también al misterioso “duende” que, como es bien sabido, es la fuente donde abreva lo “jondo”. “El duende no llega si no ve posibilidad de muerte”, nos previene García Lorca.
En esta línea, me gustaría insistir en la idea del ineludible protagonismo que adquiere el riesgo a la hora de conceder la etiqueta de “veraz” tanto al flamenco como al toreo. Idéntica reflexión está recogida, de manera indirecta, y con suma elegancia, en ese conocido cuento árabe que afirma que para entrar en el Paraíso del Profeta es necesario cabalgar a galope tendido a lo largo de un hilo colocado entre los bordes de un desfiladero. Estamos, sin lugar a dudas, ante uno de los preceptos de obligado cumplimiento por parte de cantaor y torero si quieren, manteniéndolos en vilo, ganarse el favor de los públicos. Al menos, así regía en tiempos pretéritos. Si no, que selo pregunten a uno de los más grandes – Joselito El Gallo – que llegó a ser acusado de exceso de maestría. En el caso del flamenco, me atrevería a decir que algo similar le ocurrió al maestro Antonio Mairena.
Y aquí surge la inquietante paradoja: por un lado, se asume que el cantaor debe dominar el cante y el torero debe dominar al toro, pero, por otro, siempre pende sobre ellos la amenaza de que si abusan de ese dominio puedan llegar a extirpar la sensación de peligro y, con ello, dejar seriamente perjudicada la sensación de veracidad. Es como si, en el fondo, tanto toreo como flamenco necesitaran transmitir la imagen de una cierta vulnerabilidad, de una cierta fragilidad, de que la solidez del “edificio” es sólo aparente, y que, en cualquier momento, la mera irrupción de lo inesperado basta para desmoronarlo. Algo de esto intuyó Belmonte cuando, al hablar de sus azarosos inicios, comentó: “Había luego a favor mío la conmiseración que se tiene hacia el hombre que va a perecer”. De hecho, a medida que Juan “aprende” a torear y cada vez le cogen menos los toros, no faltará quien eche de menos: “… aquel Belmonte que hacía entrar a la Tragedia por la puerta de caballos, cada vez que hacía el paseo”1 (Paco Media Luna. El Toreo,25/04/1915).
Por otro lado, creo firmemente que esa autenticidad del flamenco y del toreo hunde sus raíces en el profundo humanismo que ambos emanan. Humanismo, que tan acertadamente supo reflejar Rafael Cansinos Assens: “El hombre, el hombre sin cortapisas, es la componente esencial del toreo, el cante y la danza andaluces […] Torear, cantar y bailar flamenco es humanizar. En ningún otro arte se depende de forma tan acuciante del hombre. Los tres se asientan en unidades puramente humanas, en experiencias humanas, íntimas e intransferibles, donde el hombre debe buscar su inspiración en su potencial individual, abandonado a sí mismo, con la sola compañía de su soledad creadora”2. (Rafael Cansinos Assens. La copla andaluza)
Estas últimas palabras despertaron en mí un pensamiento que siempre había estado latente, y es el de que – contra lo que pueda parecer– ni toreo ni flamenco necesitan del público. En verdad, nunca he acabado de estar de acuerdo con aquellos que afirman que cantaor y torero deben tratar de conectar con el público, e incluso he llegado a imaginármelos como ensimismados sacerdotes antiguos que, ignorándolos por completo, oficiaran de espaldas a sus fieles. No en vano, la expresión: “torear o cantar para la galería”, siempre ha estado teñida de connotaciones peyorativas.
En esa comunión que he venido estableciendo entre toreo y flamenco por un lado, y la veracidad de ambos por otro, quizás se encuentre el origen de un pálpito que me acompaña, y no deja de inquietarme, siempre que presencio una de estas manifestaciones artísticas: ambas se encuentran siempre en el filo de la navaja, como si se complacieran – ¿o más bien se trata de una condena? – en transitar por los bordes del precipicio, de tal manera que, como si tuvieran aversión al término medio, pasaran de lo sublime a lo vulgar, de lo excelso a lo ridículo, en cuestión de segundos. Todo apunta a que, una vez alejadas de lo legítimo, incapaces de enmascarar su adulteración, estuvieran sentenciadas a despeñarse inexorablemente hacia los abismos de lo espurio, sin posibilidad alguna de redención.
Querría finalizar con una nota biográfica que ilustra hasta qué punto, en mi caso, toreo y flamenco han llegado a ser reemplazables. Se trata del recuerdo indeleble – también se torea y se canta flamenco acordándose de… – de la tarde (Mérida, 1 de septiembre de 2013) en la que Alejandro Talavante, gran aficionado al flamenco, acompañó su faena de muleta con el tarareo de algunos cantes. No pude evitar, al verlo totalmente abandonado ante la cara del toro, poner en su garganta una inolvidable soleá de la cantaora Mercedes Fernández Vargas, La Serneta: “Tengo el gusto tan colmao / cuando me encuentro a tu vera / que si me dieran la muerte / creo que no la sintiera”.
El amor y la muerte, siempre la muerte, acudiendo puntuales a la cita, como corresponde a dos modos de expresión tan españoles como el flamenco y el toreo, que comparten, en su permanente meditatio mortis, un sentimiento trágico de la vida.