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NOTA INFORMATIVA:

CON MOTIVO DEL CENTENARIO DE LA MUERTE DE JOSELITO EL GALLO, HE PUBLICADO UN LIBRO EN EL QUE SE RECOGEN TODAS SUS ACTUACIONES EN LA PLAZA VIEJA DE MADRID, VISTAS POR LA PRENSA.

PODÉIS ENCONTRAR MÁS INFORMACIÓN DEL MISMO, ASÍ COMO ADQUIRIRLO, EN EL SIGUIENTE LINK : https://joselitoenmadrid.com/


Este Blog nace como un homenaje a todos aquellos que, a lo largo de la Historia del Toreo, arriesgaron y en muchos casos entregaron sus vidas, tratando de dominar a la Fiera.

martes, 21 de julio de 2026

TOREO Y FLAMENCO: VIVENCIAS DE UNA PASIÓN COMPARTIDA

 TOREO Y FLAMENCO

Vivencias de una pasión compartida

¡Va por ti, Julio!

(Julio Stuyck)


“He de insistir, sin ánimo de molestar a nadie, sobre el hecho de que sea precisamente lo nuestro aquello que se nos aparece como más misterioso e incomprensible”

Antonio Machado, por boca de Juan de Mairena


“El arte flamenco es ese toro metido en las venas que tiene mi gente”

Rafael Alberti


“Aquí hace tiempo que se basta un hombre solo para cantar una copla o para matar un toro”

José María Pemán

Este escrito tan sólo pretende reseñar algunas de las experiencias – en muchos casos impregnadas de una considerable carga emotiva – que, a lo largo de los años, me han ido aconteciendo al adentrarme tanto en el flamenco como en el toreo. Bien es verdad que son esas vivencias las que, en ciertos casos, me han dado pie para reflexionar sobre algunos aspectos relevantes compartidos por ambos. Vamos a ello.

Cada vez que he asistido a un recital de flamenco o a una corrida de toros, indistintamente, he tenido el presentimiento, siempre gozoso, de que estaba a punto de abandonar la monotonía del día a día, de dejar atrás la grisura de lo cotidiano, y de penetrar, por un tiempo, en el territorio de lo imprevisible, donde lo extraordinario – presto a saltar sobre la desprevenida presa – se hallaba siempre al acecho, agazapado tras la magia de esas viejas ceremonias.

En un tiempo en el que los contornos entre lo ficticio y lo real se han vuelto cada vez más confusos, en el que el mundo virtual puede llegar a suplantar la realidad, de improviso – como si de unas apariciones se tratara – nos salen al encuentro dos figuraciones extrañas, dos criaturas anacrónicas; pues anacrónica resulta, en pleno siglo XXI, la extemporánea imagen de un individuo sentado en una silla – con la única compañía de una guitarra – desnudando su alma a voz en grito, y la no menos extemporánea de tres señores – enfundados en sendos trajes estrafalarios – empeñados en entablar un diálogo imposible con una fiera que los puede matar.

Este anacronismo nos invita a recapacitar sobre el “milagro” que supone el que ambas ceremonias – desafiando los embates de la modernidad – sigan oficiándose hoy en día, concediéndonos la gracia de dar testimonio de los mismos y de hacernos afortunados partícipes de sus insondables misterios. ¿Y si el milagro no fuera tal y todo se redujera a algo mucho más terrenal, más tangible: a una comunidad de fieles que nunca se ha resignado a prescindir de estos singulares rituales, con la esperanza de revivir la epifanía que supone volver a encontrarse con lo auténtico, algo para lo cual flamenco y toreo siempre han reservado un lugar de privilegio?

En efecto, ya desde sus inicios, toreo y flamenco fueron sabedores de que si querían alcanzar la categoría suprema de lo “jondo”, iban a necesitar, de manera imperiosa, abrazar el credo de lo auténtico, de lo verdadero. “Eso es verdad”, es la expresión laudatoria que surge espontánea de las gargantas de los aficionados cabales cuando reconocen lo genuino en un cante o en una faena de muleta. Esa verdad que jamás se va a entregar de manera gratuita, sino que va a tener que ser conquistada tras una encarnizada lucha del cantaor con el cante y del torero con el toro. “El cantaor que le duele el cante se rompe en la pelea consigo mismo; sabe que sin dar el alma, sin que le duela, no hay jondura”, nos confiesa Antonio Fernández Díaz, Fosforito.

Cuando esta lucha decae, cuando el peligro de muerte se aleja, toreo y flamenco podrán, en el mejor de los casos, seguir siendo bellos, seguir estando asistidos por la gracia sutil del “ángel” lorquiano, pero inevitablemente dejarán de ser auténticos, de ser “jondos”, porque junto con la opción de la muerte habrán expulsado también al misterioso “duende” que, como es bien sabido, es la fuente donde abreva lo “jondo”. “El duende no llega si no ve posibilidad de muerte”, nos previene García Lorca.

En esta línea, me gustaría insistir en la idea del ineludible protagonismo que adquiere el riesgo a la hora de conceder la etiqueta de “veraz” tanto al flamenco como al toreo. Idéntica reflexión está recogida, de manera indirecta, y con suma elegancia, en ese conocido cuento árabe que afirma que para entrar en el Paraíso del Profeta es necesario cabalgar a galope tendido a lo largo de un hilo colocado entre los bordes de un desfiladero. Estamos, sin lugar a dudas, ante uno de los preceptos de obligado cumplimiento por parte de cantaor y torero si quieren, manteniéndolos en vilo, ganarse el favor de los públicos. Al menos, así regía en tiempos pretéritos. Si no, que selo pregunten a uno de los más grandes – Joselito El Gallo – que llegó a ser acusado de exceso de maestría. En el caso del flamenco, me atrevería a decir que algo similar le ocurrió al maestro Antonio Mairena.

Y aquí surge la inquietante paradoja: por un lado, se asume que el cantaor debe dominar el cante y el torero debe dominar al toro, pero, por otro, siempre pende sobre ellos la amenaza de que si abusan de ese dominio puedan llegar a extirpar la sensación de peligro y, con ello, dejar seriamente perjudicada la sensación de veracidad. Es como si, en el fondo, tanto toreo como flamenco necesitaran transmitir la imagen de una cierta vulnerabilidad, de una cierta fragilidad, de que la solidez del “edificio” es sólo aparente, y que, en cualquier momento, la mera irrupción de lo inesperado basta para desmoronarlo. Algo de esto intuyó Belmonte cuando, al hablar de sus azarosos inicios, comentó: “Había luego a favor mío la conmiseración que se tiene hacia el hombre que va a perecer”. De hecho, a medida que Juan “aprende” a torear y cada vez le cogen menos los toros, no faltará quien eche de menos: “… aquel Belmonte que hacía entrar a la Tragedia por la puerta de caballos, cada vez que hacía el paseo”1 (Paco Media Luna. El Toreo,25/04/1915).

Por otro lado, creo firmemente que esa autenticidad del flamenco y del toreo hunde sus raíces en el profundo humanismo que ambos emanan. Humanismo, que tan acertadamente supo reflejar Rafael Cansinos Assens: “El hombre, el hombre sin cortapisas, es la componente esencial del toreo, el cante y la danza andaluces […] Torear, cantar y bailar flamenco es humanizar. En ningún otro arte se depende de forma tan acuciante del hombre. Los tres se asientan en unidades puramente humanas, en experiencias humanas, íntimas e intransferibles, donde el hombre debe buscar su inspiración en su potencial individual, abandonado a sí mismo, con la sola compañía de su soledad creadora”2. (Rafael Cansinos Assens. La copla andaluza)

Estas últimas palabras despertaron en mí un pensamiento que siempre había estado latente, y es el de que – contra lo que pueda parecer– ni toreo ni flamenco necesitan del público. En verdad, nunca he acabado de estar de acuerdo con aquellos que afirman que cantaor y torero deben tratar de conectar con el público, e incluso he llegado a imaginármelos como ensimismados sacerdotes antiguos que, ignorándolos por completo, oficiaran de espaldas a sus fieles. No en vano, la expresión: “torear o cantar para la galería”, siempre ha estado teñida de connotaciones peyorativas.

En esa comunión que he venido estableciendo entre toreo y flamenco por un lado, y la veracidad de ambos por otro, quizás se encuentre el origen de un pálpito que me acompaña, y no deja de inquietarme, siempre que presencio una de estas manifestaciones artísticas: ambas se encuentran siempre en el filo de la navaja, como si se complacieran – ¿o más bien se trata de una condena? – en transitar por los bordes del precipicio, de tal manera que, como si tuvieran aversión al término medio, pasaran de lo sublime a lo vulgar, de lo excelso a lo ridículo, en cuestión de segundos. Todo apunta a que, una vez alejadas de lo legítimo, incapaces de enmascarar su adulteración, estuvieran sentenciadas a despeñarse inexorablemente hacia los abismos de lo espurio, sin posibilidad alguna de redención.

Querría finalizar con una nota biográfica que ilustra hasta qué punto, en mi caso, toreo y flamenco han llegado a ser reemplazables. Se trata del recuerdo indeleble – también se torea y se canta flamenco acordándose de… – de la tarde (Mérida, 1 de septiembre de 2013) en la que Alejandro Talavante, gran aficionado al flamenco, acompañó su faena de muleta con el tarareo de algunos cantes. No pude evitar, al verlo totalmente abandonado ante la cara del toro, poner en su garganta una inolvidable soleá de la cantaora Mercedes Fernández Vargas, La Serneta: “Tengo el gusto tan colmao / cuando me encuentro a tu vera / que si me dieran la muerte / creo que no la sintiera”.

El amor y la muerte, siempre la muerte, acudiendo puntuales a la cita, como corresponde a dos modos de expresión tan españoles como el flamenco y el toreo, que comparten, en su permanente meditatio mortis, un sentimiento trágico de la vida.

martes, 12 de mayo de 2026

HUMILLACIÓN Y BRAVURA: UNA VISIÓN HETERODOXA

 HUMILLACIÓN Y BRAVURA: UNAS PINCELADAS HETERODOXAS

Este artículo es, en gran medida, un intento de justificación del total rechazo que, desde el primer momento, generó en mi la identificación que, de un tiempo a esta parte, se ha establecido -casi con estatus de dogma- entre los conceptos de bravura y humillación. No siempre fue así, ni muchos menos,  sino más bien todo lo contrario. Veamos.

En un estudio que llevé a cabo sobre la evolución de la verónica, los documentos gráficos (fotografías y dibujos) que abarcan la primera década del siglo XX, confirmaron lo que, por otra parte, era bien sabido: se trataba de un lance que se limitaba a despedir al toro, dado de puntillas (los pies todavía no están asentados totalmente sobre la arena), de abajo a arriba, con las manos altas y prácticamente a la misma altura.

 Este tipo de verónica, con mínimas variantes, es el encontré ejecutado por los principales toreros de esa época: Emilio Torres (Bombita) Ricardo Torres (Bombita chico), Machaquito, Cocherito de Bilbao, Rafael El Gallo, Gaona, Joselito y Belmonte.

Siempre se ha dado por sentado que fue Antonio Fuentes, en la corrida celebrada en Lisboa el 12 de abril de 1908, el primero en desemparejar las manos en el toreo a la verónica, y así se observa claramente en el reportaje gráfico publicado en La Fiesta Nacional del 30 de abril de 1908). Sin embargo, en el semanario El Mundo del 9 de abril de 1908,  aparece una verónica de este diestro a Churro (su primer toro del Duque de Veragua), en la corrida de su primera despedida en Madrid, celebrada el 5 de abril de 1908,  unos días antes de la corrida de Lisboa,  en la que ya se puede apreciar la diferente altura con la que sus manos manejan el capote.

Es interesante señalar que esta innovación de Fuentes -como suele ser lo usual en estos casos- no se incorporó de manera inmediata al toreo de su época. Valgan como ejemplo las siguientes verónicas, todas ellas posteriores a 1908, en las que las manos continúan a la misma altura: Manuel Mejías y Rafael El Gallo en la corrida celebrada en Madrid el 2 de mayo de 1911; Joselito en su confirmación de alternativa en Madrid el 1 de octubre de 1912; o Belmonte en su presentación como novillero en Madrid el 26 de marzo de 1913.

El hecho que más llamó mi atención en este estudio -quizás por lo inesperado- es que, incluso ante los escasos toros que en aquella época embestían con la cabeza baja, todos los maestros seguían ejecutando la verónica con las manos altas, de tal manera que en ningún caso el capote se acompasaba con la embestida del toro: Gaona, ciudad de Méjico,18 de octubre de 1908; Manuel Mejías Rapela,  Sevilla, 17 de abril de 1910; Emilio Torres (Bombita), Méjico, 18 de febrero de 1912; Belmonte, Madrid, 10 de abril de 1913; Rafael El Gallo, Madrid, 1 de julio de 1913; Joselito,  Madrid, 22 de abril de 1917.

Todo empezó a cobrar sentido cuando en las crónicas de esos años empecé a hallar referencias sobre toros bravos cuyo mayor defecto, y a veces el único, era el de embestir con la cabeza muy baja, es decir el de la humillación: en la crónica de Paco Media Luna, publicada en El Toreo, de la corrida celebrada en Madrid el 2 de mayo de 1900, al referirse al segundo toro de Antonio Fuentes, podemos leer: “El bicho llevaba la cabeza por el suelo, y a pesar de darle pases con una y otro mano, no consiguió dominar el defecto del toro[1]

Así pues, con esas verónicas de manos altas se está intentando corregir lo que en ese momento se consideraba una deficiencia. “A un toro que humilla no se le debe torear por bajo porque se agrava el defecto[2] llega a decirnos el escritor Federico Alcázar.

No nos debe extrañar, por tanto, que los cronistas de  antaño consideraran reprobable la actuación de aquellos toreros que intentaban bajarle la cabeza al toro: en la corrida que Antonio Fuentes torea en Valladolid el 17 de septiembre de 1899 ante toros de Adalid, podemos leer: “En su segundo abusó de los pases bajos y descompuso al toro[3]. En la corrida que Rafael El Gallo torea en Valencia el 18 de octubre de 1903, el cronista le censura que a su segundo toro, Jazminito de Concha y Sierra, “que llega a tus manos oliendo la arena lo pasaras de muleta por abajo, sin que nadie te advirtiera de tu error[4]. En la corrida que Rafael torea en Valencia el 26 de julio de 1904, en su segundo toro de Miura, “repitió la faena ceñida y parada, haciéndole humillar y cabecear por torearlo demasiado por bajo, enmendando luego con altos la equivocación[5].

En este escenario, ante los pocos toros que humillaban, los toreros se afanaban, con pases por alto, en tratar de enmendar un defecto que, de persistir, iba a imposibilitarles cualquier acercamiento a lo que entonces se reconocían como “faenas de arte”: “Al segundo, que tenía la cabeza por los suelos, le hizo una faena más de defensa que de lucimiento”.[6]; “A la hora suprema llegaron inciertos y humillando, no permitiendo que se hiciera con ellos una faena de arte ni de lucimiento[7]

Estamos, sin lugar a dudas, ante una tauromaquia en la que el concepto de “faena artística” se encuentra en las antípodas de lo que se entiende como tal en la tauromaquia actual. Una tauromaquia en la que ante los toros que humillan sólo caben faenas de defensa y son los toros con la cabeza por las nubes los únicos que propician las faenas de arte. ¡El mundo al revés!, ¡quién nos lo iba a decir!

Vuelvo ahora -tras abandonar el pasado- a los inicios del artículo para tratar de explicar, en la medida de lo posible, lo que ya allí apunté: el inmediato rechazo que despertó en mí el estrecho vínculo que se ha llegado a establecer entre bravura y humillación. En los orígenes de esta repulsa, que tuvo mucho de visceral, he querido ver la total incompatibilidad con la que, desde el primer momento, se me aparecieron ambos términos. De hecho, -un tanto provocativamente-– llegué a pensar que, desde el punto de vista lingüístico, la expresión “toro bravo que humilla” bien podría proponerse como ejemplo de oxímoron.  

Una de las acepciones de la RAE del verbo humillar contribuyó a ratificarme en mi idea: “Bajar la cabeza en señal de acatamiento y sumisión”. Así pues, en el idioma español, la humillación es propia de los sumisos, nunca de los bravos. Sí, ya sé que el mundo taurino tiene su propia jerga, pero convendréis conmigo que estamos ante uno de los pocos casos en los que el idilio que siempre ha existido entre los dos lenguajes se quiebra bruscamente, al viajar ambos en direcciones opuestas.

Por cierto, pensándolo bien, tanto el torero actual (que torea por abajo a un toro con la cabeza alta) como el torero del pasado (que toreaba por arriba a un toro con la cabeza baja), a pesar de que sus procederes resulten antagónicos, en el fondo ambos están empeñados en la misma tarea: tratar de corregir lo que en su época se consideraba un defecto del toro.

Y para acabar, permitidme una digresión, aun a sabiendas de que para muchos tendrá visos de herejía: no consigo estar de acuerdo con aquellos que, de manera insistente,   nos quieren hacer ver en la humillación del toro un valor añadido inherente a su bravura, y mucho menos con los que consideran a la humillación poco menos que una condición sine qua non de la misma, al margen de cuál haya sido el comportamiento de ese toro en la suerte de varas y durante la lidia.

Es bien sabido por todos, aunque algunos parezcan olvidarlo, que un toro no humilla debido a su condición de bravo (algunos toros mansos humillan igualmente), sino porque así lo ha decidido el ganadero. De hecho, si la selección hubiera trascurrido por otros derroteros, la mayoría de los toros bravos embestirían con la cabeza alta.

Es un hecho innegable que los ganaderos, a partir del momento en el que la faena de muleta se ha convertido en la prima donna de la lidia, han decidido primar la humillación del toro en el proceso de selección, posibilitando así -de manera recurrente- las únicas “faenas de arte” que hoy en día se hacen merecedoras de tan excelso galardón. Aún recuerdo con nostalgia la insólita faena a media altura de Pablo Aguado en la Maestranza a un toro con la cabeza alta.

Y quería finalizar refiriéndome a un aspecto que, en la actual y permanente búsqueda de una humillación cada vez mayor, me parece inquietante: ¿dónde están los límites?, ¿alguien se los ha planteado siquiera? Es un hecho innegable que cada vez es mayor el número de toros que -para deleite de los comentaristas- “hacen el avión”, con el consiguiente peligro de que, al clavar sus pitones en el mismísimo albero, acaben “aterrizando” -y no precisamente de la manera más airosa- dando con sus huesos en el suelo. En estos casos he llegado a ser atónito testigo de una “escena” paradójica: ante el importante quebranto de las fuerzas del toro que estos “aterrizajes” muchas veces conllevan, se eleva quejumbroso el ulterior lamento de los mismos a los que, momentos antes, toda humillación les parecía insuficiente.

 

                                                                            Manuel Hernández

                                                  Valencia, 9 de octubre de 2025



[1] Paco Media Luna. El Toreo, 03/05/1900

[2] Alcázar, Federico. Tauromaquia moderna. Ed. Suc. de Rivadeneyra. Madrid, 1936

[3] Limoncillo. Sol y Sombra, 18/09/1899

[4] Moya, Francisco. Sol y Sombra, 05/11/1903

[5] Peris, Juan Bautista (Chopetí). El Toreo, 15/08/1904

[6] Almanzor. Arte Taurino, 07/04/1913

[7] Paco Media Luna. El Toreo, 18/09/1911