HUMILLACIÓN Y BRAVURA: UNAS PINCELADAS HETERODOXAS
Este artículo es, en gran medida, un intento de justificación del total rechazo que, desde el primer momento, generó en mi la identificación que, de un tiempo a esta parte, se ha establecido -casi con estatus de dogma- entre los conceptos de bravura y humillación. No siempre fue así, ni muchos menos, sino más bien todo lo contrario. Veamos.
En un estudio que llevé a cabo sobre la evolución de la verónica, los documentos gráficos (fotografías y dibujos) que abarcan la primera década del siglo XX, confirmaron lo que, por otra parte, era bien sabido: se trataba de un lance que se limitaba a despedir al toro, dado de puntillas (los pies todavía no están asentados totalmente sobre la arena), de abajo a arriba, con las manos altas y prácticamente a la misma altura.
Este tipo de verónica, con mínimas variantes, es el encontré ejecutado por los principales toreros de esa época: Emilio Torres (Bombita) Ricardo Torres (Bombita chico), Machaquito, Cocherito de Bilbao, Rafael El Gallo, Gaona, Joselito y Belmonte.
Siempre se ha dado por sentado que fue Antonio Fuentes, en la corrida celebrada en Lisboa el 12 de abril de 1908, el primero en desemparejar las manos en el toreo a la verónica, y así se observa claramente en el reportaje gráfico publicado en La Fiesta Nacional del 30 de abril de 1908). Sin embargo, en el semanario El Mundo del 9 de abril de 1908, aparece una verónica de este diestro a Churro (su primer toro del Duque de Veragua), en la corrida de su primera despedida en Madrid, celebrada el 5 de abril de 1908, unos días antes de la corrida de Lisboa, en la que ya se puede apreciar la diferente altura con la que sus manos manejan el capote.
Es interesante señalar que esta innovación de Fuentes -–como suele ser lo usual en estos casos-– no se incorporó de manera inmediata al toreo de su época. Valgan como ejemplo las siguientes verónicas, todas ellas posteriores a 1908, en las que las manos continúan a la misma altura: Manuel Mejías y Rafael El Gallo en la corrida celebrada en Madrid el 2 de mayo de 1911; Joselito en su confirmación de alternativa en Madrid el 1 de octubre de 1912; o Belmonte en su presentación como novillero en Madrid el 26 de marzo de 1913.
El hecho que más llamó mi atención en este estudio -–quizás por lo inesperado-– es que, incluso ante los escasos toros que en aquella época embestían con la cabeza baja, todos los maestros seguían ejecutando la verónica con las manos altas, de tal manera que en ningún caso el capote se acompasaba con la embestida del toro: Gaona, ciudad de Méjico,18 de octubre de 1908; Manuel Mejías Rapela, Sevilla, 17 de abril de 1910; Emilio Torres (Bombita), Méjico, 18 de febrero de 1912; Belmonte, Madrid, 10 de abril de 1913; Rafael El Gallo, Madrid, 1 de julio de 1913; Joselito, Madrid, 22 de abril de 1917.
Todo empezó a cobrar sentido cuando en las crónicas de esos años empecé a hallar referencias sobre toros bravos cuyo mayor defecto, y a veces el único, era el de embestir con la cabeza muy baja, es decir el de la humillación: en la crónica de Paco Media Luna, publicada en El Toreo, de la corrida celebrada en Madrid el 2 de mayo de 1900, al referirse al segundo toro de Antonio Fuentes, podemos leer: “El bicho llevaba la cabeza por el suelo, y a pesar de darle pases con una y otro mano, no consiguió dominar el defecto del toro”[1]
Así pues, con esas verónicas de manos altas se está intentando corregir lo que en ese momento se consideraba una deficiencia. “A un toro que humilla no se le debe torear por bajo porque se agrava el defecto”[2] llega a decirnos el escritor Federico Alcázar.
No nos debe extrañar, por tanto, que los cronistas de antaño consideraran reprobable la actuación de aquellos toreros que intentaban bajarle la cabeza al toro: en la corrida que Antonio Fuentes torea en Valladolid el 17 de septiembre de 1899 ante toros de Adalid, podemos leer: “En su segundo abusó de los pases bajos y descompuso al toro”[3]. En la corrida que Rafael El Gallo torea en Valencia el 18 de octubre de 1903, el cronista le censura que a su segundo toro, Jazminito de Concha y Sierra, “que llega a tus manos oliendo la arena lo pasaras de muleta por abajo, sin que nadie te advirtiera de tu error”[4]. En la corrida que Rafael torea en Valencia el 26 de julio de 1904, en su segundo toro de Miura, “repitió la faena ceñida y parada, haciéndole humillar y cabecear por torearlo demasiado por bajo, enmendando luego con altos la equivocación”[5].
En este escenario, ante los pocos toros que humillaban, los toreros se afanaban, con pases por alto, en tratar de enmendar un defecto que, de persistir, iba a imposibilitarles cualquier acercamiento a lo que entonces se reconocían como “faenas de arte”: “Al segundo, que tenía la cabeza por los suelos, le hizo una faena más de defensa que de lucimiento”.[6]; “A la hora suprema llegaron inciertos y humillando, no permitiendo que se hiciera con ellos una faena de arte ni de lucimiento”[7]
Estamos, sin lugar a dudas, ante una tauromaquia en la que el concepto de “faena artística” se encuentra en las antípodas de lo que se entiende como tal en la tauromaquia actual. Una tauromaquia en la que ante los toros que humillan sólo caben faenas de defensa y son los toros con la cabeza por las nubes los únicos que propician las faenas de arte. ¡El mundo al revés!, ¡quién nos lo iba a decir!
Vuelvo ahora -–tras abandonar el pasado-– a los inicios del artículo para tratar de explicar, en la medida de lo posible, lo que ya allí apunté: el inmediato rechazo que despertó en mí el estrecho vínculo que se ha llegado a establecer entre bravura y humillación. En los orígenes de esta repulsa, que tuvo mucho de visceral, he querido ver la total incompatibilidad con la que, desde el primer momento, se me aparecieron ambos términos. De hecho, -–un tanto provocativamente-– llegué a pensar que, desde el punto de vista lingüístico, la expresión “toro bravo que humilla” bien podría proponerse como ejemplo de oxímoron.
Una de las acepciones de la RAE del verbo humillar contribuyó a ratificarme en mi idea: “Bajar la cabeza en señal de acatamiento y sumisión”. Así pues, en el idioma español, la humillación es propia de los sumisos, nunca de los bravos. Sí, ya sé que el mundo taurino tiene su propia jerga, pero convendréis conmigo que estamos ante uno de los pocos casos en los que el idilio que siempre ha existido entre los dos lenguajes se quiebra bruscamente, al viajar ambos en direcciones opuestas.
Por cierto, pensándolo bien, tanto el torero actual (que torea por abajo a un toro con la cabeza alta) como el torero del pasado (que toreaba por arriba a un toro con la cabeza baja), a pesar de que sus procederes resulten antagónicos, en el fondo ambos están empeñados en la misma tarea: tratar de corregir lo que en su época se consideraba un defecto del toro.
Y para acabar, permitidme una digresión, aun a sabiendas de que para muchos tendrá visos de herejía: no consigo estar de acuerdo con aquellos que, de manera insistente, nos quieren hacer ver en la humillación del toro un valor añadido inherente a su bravura, y mucho menos con los que consideran a la humillación poco menos que una condición sine qua non de la misma, al margen de cuál haya sido el comportamiento de ese toro en la suerte de varas y durante la lidia.
Es bien sabido por todos, aunque algunos parezcan olvidarlo, que un toro no humilla debido a su condición de bravo (algunos toros mansos humillan igualmente), sino porque así lo ha decidido el ganadero. De hecho, si la selección hubiera trascurrido por otros derroteros, la mayoría de los toros bravos embestirían con la cabeza alta.
Es un hecho innegable que los ganaderos, a partir del momento en el que la faena de muleta se ha convertido en la prima donna de la lidia, han decidido primar la humillación del toro en el proceso de selección, posibilitando así -–de manera recurrente-– las únicas “faenas de arte” que hoy en día se hacen merecedoras de tan excelso galardón. Aún recuerdo con nostalgia la insólita faena a media altura de Pablo Aguado en la Maestranza a un toro con la cabeza alta.
Y quería finalizar refiriéndome a un aspecto que, en la actual y permanente búsqueda de una humillación cada vez mayor, me parece inquietante: ¿dónde están los límites?, ¿alguien se los ha planteado siquiera? Es un hecho innegable que cada vez es mayor el número de toros que -–para deleite de los comentaristas-– “hacen el avión”, con el consiguiente peligro de que, al clavar sus pitones en el mismísimo albero, acaben “aterrizando” -–y no precisamente de la manera más airosa-– dando con sus huesos en el suelo. En estos casos he llegado a ser atónito testigo de una “escena” paradójica: ante el importante quebranto de las fuerzas del toro que estos “aterrizajes” muchas veces conllevan, se eleva quejumbroso el ulterior lamento de los mismos a los que, momentos antes, toda humillación les parecía insuficiente.
Manuel Hernández
Valencia, 9 de octubre de 2025
[1] Paco Media Luna. El Toreo, 03/05/1900
[2] Alcázar, Federico. Tauromaquia moderna. Ed. Suc. de Rivadeneyra. Madrid, 1936
[3] Limoncillo. Sol y Sombra, 18/09/1899
[4] Moya, Francisco. Sol y Sombra, 05/11/1903
[5] Peris, Juan Bautista (Chopetí). El Toreo, 15/08/1904
[6] Almanzor. Arte Taurino, 07/04/1913
[7] Paco Media Luna. El Toreo, 18/09/1911